PISA 2025: qué habría hecho Sarmiento frente a una Argentina que no aprende
Hay coincidencias de fechas que parecen escritas para obligarnos a pensar. El 8 de septiembre la OCDE publicó los resultados de las pruebas PISA 2025. Tres días después, la Argentina recordó a Domingo Faustino Sarmiento en un nuevo aniversario de su muerte.
Entre una fecha y otra quedó expuesta una de las contradicciones más profundas del país: homenajeamos al hombre que convirtió a la educación en una obsesión nacional mientras los indicadores internacionales muestran que una parte enorme de nuestros chicos llega a los 15 años sin dominar conocimientos básicos.
Los números no admiten demasiados eufemismos. Argentina obtuvo 367 puntos en matemática, 389 en lectura y 393 en ciencias, todos por debajo de los promedios de la OCDE. Más preocupante todavía: los resultados fueron inferiores a los de 2022 en las tres materias. La caída fue de 11 puntos en matemática, 12 en lectura y 13 en ciencias.
Traducido a algo mucho más comprensible que un ranking internacional, apenas 24% de los estudiantes argentinos alcanzó el nivel mínimo esperado en matemática. En lectura lo consiguió el 40% y en ciencias, el 41%. Dicho al revés, aproximadamente tres de cada cuatro alumnos evaluados no alcanzaron el nivel básico en matemática, seis de cada diez no lo hicieron en lectura y casi seis de cada diez tampoco en ciencias.
Naturalmente, PISA no explica por sí sola todo lo que sucede dentro de una escuela. Tampoco permite adjudicar semejante resultado a un ministro, a un presidente, a un gobernador o a un sindicato. La degradación educativa argentina lleva demasiado tiempo como para convertirla seriamente en un problema de una sola administración. Pero PISA hace algo que debería preocuparnos mucho más: mide el resultado acumulado de un sistema.
Y ese resultado vuelve a decirnos que Argentina está formando a cientos de miles de adolescentes con herramientas insuficientes para comprender un texto, resolver un problema o interpretar evidencia científica.
Sarmiento habría medido
¿Qué habría hecho Sarmiento frente a esos números?
Nadie puede responder seriamente una pregunta contrafáctica con absoluta certeza. Pero sí podemos mirar lo que hizo cuando le tocó enfrentarse a una Argentina con un problema educativo infinitamente mayor.
En 1869, durante su presidencia, se realizó el primer Censo Nacional. Los datos mostraron una realidad brutal: sobre 1.737.076 habitantes, más de un millón no sabía leer ni escribir. Sarmiento también impulsó un censo escolar. Es decir, antes de intentar transformar aquella realidad, la midió.
Esa quizá sea la primera respuesta a la pregunta.
Sarmiento difícilmente hubiera discutido si convenía esconder el resultado. Probablemente habría querido conocerlo con mayor precisión.
Porque una característica central de su concepción educativa era comparar. Viajó por Europa y Estados Unidos observando sistemas de enseñanza, conoció las reformas impulsadas por Horace Mann y trasladó parte de aquellas experiencias a su proyecto para la Argentina. No pensó que mirar lo que hacían otros países fuera una humillación nacional. Lo entendió como una herramienta para aprender.
PISA debería servir exactamente para eso.
El problema aparece cuando el resultado se transforma en una noticia durante algunos días, alimenta discusiones políticas y luego desaparece hasta la próxima evaluación.
Maestros antes que discursos
Sarmiento tampoco se limitó a diagnosticar.
Durante su presidencia se fundaron alrededor de 800 escuelas. Impulsó las escuelas normales para formar docentes, creó la Escuela Normal de Paraná y promovió la contratación de maestras estadounidenses para introducir nuevas metodologías de enseñanza. Entre 1869 y los años siguientes llegaron decenas de educadoras formadas en Estados Unidos; las fuentes oficiales contabilizan 61 maestras dentro de aquel proceso.
La decisión contiene otra enseñanza extraordinariamente moderna.
Cuando consideró que la Argentina no tenía suficientes capacidades para ejecutar el proyecto educativo que necesitaba, salió a buscarlas afuera para formar capacidades adentro.
No estaba protegiendo un sistema educativo existente. Estaba tratando de construir uno mejor.
¿Qué significaría una actitud semejante en 2026? No necesariamente traer maestras desde Boston. Significaría buscar dónde están funcionando mejor la alfabetización, la matemática, la enseñanza de ciencias y la formación docente; estudiar esas experiencias sin prejuicios; adaptar lo que resulte útil y fijar objetivos verificables.
Significaría también entender que los maestros son parte de la solución y no simplemente una variable presupuestaria o un actor al que responsabilizar cada vez que aparecen malos resultados.
La Escuela Normal de Paraná, creada en 1870, formaba maestros porque Sarmiento comprendía algo elemental: no existe una revolución educativa sin una revolución en la formación de quienes enseñan.
Una emergencia nacional
Hay otra diferencia posiblemente más profunda.
Para Sarmiento, la educación no constituía una política sectorial. Era una estrategia de desarrollo.
Escuelas, bibliotecas, formación docente, ciencia y conocimiento formaban parte de una misma idea de país. Durante su presidencia impulsó además bibliotecas populares, instituciones científicas y organismos educativos. Consideraba que extender el conocimiento era una condición para construir ciudadanía y modernizar económicamente a la Argentina.
Allí aparece quizás la pregunta más incómoda de todas.
¿La Argentina actual considera realmente a la educación una emergencia nacional?
Porque un país puede discutir durante meses el tipo de cambio, las reservas del Banco Central, el déficit fiscal, las retenciones, las importaciones o las inversiones. Y está bien que lo haga.
Pero ninguna matriz económica será sostenible durante décadas si tres de cada cuatro adolescentes tienen dificultades para alcanzar conocimientos matemáticos básicos.
No habrá minería competitiva, industria avanzada, economía del conocimiento, inteligencia artificial, energía moderna ni empresas capaces de integrarse al mundo únicamente con inversiones y recursos naturales. Todas esas actividades necesitan técnicos, ingenieros, científicos, programadores, operarios calificados, administradores y ciudadanos capaces de comprender información cada vez más compleja.
PISA, entonces, no es solamente una prueba educativa.
Es también un indicador económico sobre la Argentina que estamos construyendo.
La pregunta incómoda
Sarmiento fue una figura compleja, controvertida y atravesada por las ideas y conflictos de su siglo. Convertirlo en una estampita escolar sería tan poco riguroso como trasladar literalmente sus soluciones de 1870 a 2026.
Pero existe algo de su pensamiento que conserva una enorme actualidad: frente al atraso educativo reaccionó con urgencia.
- Midió.
- Comparó.
- Buscó experiencias internacionales.
- Formó maestros.
- Construyó escuelas.
- Destinó recursos.
Y convirtió el problema educativo en un problema político de primera magnitud.
Quizás por eso la pregunta correcta no sea qué habría hecho Sarmiento al conocer los resultados de PISA.
Tenemos suficientes antecedentes para imaginarlo.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra.
¿Qué vamos a hacer nosotros?
Porque PISA 2025 acaba de mostrarnos que Argentina retrocedió nuevamente. Que sólo uno de cada cuatro adolescentes alcanza el nivel básico en matemática. Que seis de cada diez no alcanzan el mínimo esperado en lectura. Y que el deterioro no comenzó ayer.
Sarmiento recibió en 1869 un censo que le mostró un país mayoritariamente analfabeto y respondió intentando construir un sistema educativo.
Nosotros acabamos de recibir nuestro propio censo del conocimiento.
Lo preocupante ya no es lo que dice.
Lo preocupante será lo que hagamos después de haberlo leído. Es decir ahora.